Para Dio: El Único Tributo Apropiado

Sangre. Mi boca sabía a sangre y a volante… probablemente porque mi boca estaba llena de sangre y volante. Mi visión volvía poco a poco, primero los alrededores. Vi el asiento del copiloto vacío y cubierto de esquirlas brillantes de cristal. La mitad del apoyabrazos del copiloto estaba arrancado de la puerta, uno de sus tornillos clavado en mi pierna. Escuché el murmullo de la lluvia, pero no podía sentir la humedad. Comprendí que se trataba del sonido de los líquidos del motor goteando y esparciéndose por el suelo.

OnStar, Soy Tammy. Nuestros sensores han detectado un impacto, ¿se encuentran todos bien?” sonó una voz que salía del sistema de guiado.

“Tammy”, tosí, probando el sabor de la arenilla del esmalte del coche en mi boca. Escupí sangre en mi rodilla, mezclado con el polvo blanco que solían ser mis dientes.

“Si, ¿señor?”

“Tammy… que… ” Me era imposible ordenar mis pensamientos. Mi mente se fijó en un pensamiento aleatorio– Cuando era pequeño tenía un conejo ¿no? ¿Cómo se llamaba? Algo estúpido, de críos: Sr. Saltarín, quizá. No, espera: Capitán ConejoNejo

“Tammy…”

“¿Señor? ¿Se encuentra bien? ¿Qué ha pasado?” Sus primeras respuestas habían sido automáticas, mecánicas. Era una obligación que debía cumplir. Ahora sonaba preocupada.

“Tammy… ¿qué… llevas puesto?”

“¿Señor?”

“Apuesto a que es algo sexy. Suenas…”una tos horrible me asaltó de nuevo, cubriendo el interior del parabrisa de una fina niebla roja, como rocío rojo, “suenas un poco a guarilla, Tammy. ¿Llevas falda? Me conformo con que no te llegue a la rodilla.”

“¿Es una broma? Mis sensores indican un golpe serio. Si necesita usted ayuda dígamelo.”

“Pantys, pantalones de gimnasio, diablos, incluso un peto me convencería,”arañé mi cinturón, no podía soltarlo del enganche. Me dí cuenta de que ni siquiera lo tenía puesto- algo estaba mal con los nervios de mi mano. Tenía problemas distinguiendo las formas de los objetos. “Joder, especialmente un peto ajustado me gustaría. ¿Eres una guarrilla? ¿No, Tammy?” Las mujeres con pantalones hasta la axila tienen algo…

“Señor, voy a colgar” su voz tenía una atonalidad mecánica, el altavoz comenzó a soltar estática y luego se cortó. ¿Qué haces si estampas el coche tan fuerte que estropeas el OnStar?

“¡No! Por favor, espera, estoy herido. Ha habido un accidente.”

“Señor, ¿está todo el mundo bien? ¿Hay algún herido?”

“No, estoy solo”

“¿está seguro? ¿Qué ha causado el accidente?”

“He sido yo”

Hubo un momento de silencio. Podría jurar que vi su cara. Me la imaginé con trenzas, tiene que ver algo con las mujeres cuyo nombre acaba en ‘Y’ que me hace imaginarlas con trenzas atadas con gomitas.

“¿A propósito?” preguntó, mi mente rellenó la escena con el ladeo interrogante de su cabeza.

“Sí, he estrellado este coche”

“Pero, ¿por qué, señor?”, preguntó sinceramente. Las gomitas: debían de ser azules.

“He estrellado este coche…” Levanté mi mano, aún sabiendo que no había nadie que pudiese verlo con el índice y el meñique levantados, “…he estrellado este puto coche por Dio.”

***

Sangre. Mi boca sabía a sangre y al brazo del policía… probablemente porque estaba llena de sangre y el brazo del policía.

“¡SOCORRO! ¡HA LLEGADO AL HUESO! ¡HA LLEGADO AL PUTO HUESO!” Un pánico atroz se había apoderado del hombre; su mandíbula temblaba y castañeteaba como si estuviese desencajada.

Afiance mis brazos y piernas en el marco de la puerta y me mantuve inmóvil. El policía estaba en el otro lado de la puerta, todo su cuerpo inclinado alejado lo más posible de mí como si fuese a huir. Estaba bien agarrado con mis dientes que le había clavado hasta el fondo en su gordo brazo. Habíamos estado así durante demasiado tiempo, él y yo. Con cada bocado de mis dientes se asustaba más y me golpeaba con su porra y con cada golpe yo clavaba más profundo mis dientes. Dos horas llevábamos así, anclados a la puerta del Burguer, el ángulo de nuestros cuerpos era la única cosa que prevenía que el resto de policías nos separasen. Bueno, eso, y el miedo a la Rabia. De alguna manera habían llegado a la conclusión de que yo tenía la rabia. Quizá porque me había desnudado hasta la cintura y había escrito “R-A-B-I-O-S-O” en mi pecho desnudo con mostaza.

Y los mordiscos. Eso acabó de afianzar su opinión.

Quizá había otras señales.

Los negociadores de rehenes trataron de razonar conmigo al principio, pero no consiguieron hacerme caer en sus trucos. Formular mis peticiones requería una boca para hablar con ellos, y yo no iba a soltarme.

“Por favor,” los ojos del oficial enrojecieron y comenzaron a derramar lágrimas “Tengo hijos. Probablemente. Tengo hijos. Triunfaba mucho cuando estaba en el instituto.”

Le miré escépticamente, y mordí más profundamente. ¿Sabíais que los policías saben distinto a la gente normal? bueno, por lo menos la carne del brazo. Más suculentos. Debe ser por algo del uniforme.

“¡Ahhhh! ¡DIOS! ¡ESTÁ BIEN!” Levantó su otra mano para aplacarme “No triunfaba. No triunfaba nada, ¿vale? Dios, ¡todavía me queda una vida entera para vivir!”

Agité mi cabeza, comenzando un giro de la muerte, como un cocodrilo. Como un cocodrilo medio loco cubierto de mostaza del Burger.

“¡No! ¿Por qué? ¡Dios! ¿Por qué estas haciendo esto?”

“¡Por Dio!” Grité, dándome cuenta demasiado tarde que había perdido mi agarre. El momento de soltarlo envió al policía hacia el parking, y se desplomó y rodó por el suelo. No hubo pausa entre movimientos: calló al suelo y sin transición comenzó a correr como si le fuese la vida en ello. Mientras saltaba la barricada, cruzaba veloz entre la multitud que se había reunido, y desaparecía en el lejano horizonte, no mostraba signos de aminorar su marcha.

Aprendí mis lecciones sobre morder de los mejores.

“¡POR DIOOOOO!” el grito imposible surgió de mis pulmones en medio de lloros y quejidos. Cuando murió, sólo quedó un ligero eco. Un eco reverberante en medio del silencio, mientras el oído se recalibraba para escuchar sonidos más suaves de nuevo. Observé el mundo en silencio.

Hasta que oí el tableteo de los disparos de las pistolas.

***

Sangre. Mi boca sabía a sangre y queroseno, probablemente porque- bueno, ya entendéis como va esto, ¿no?

Mi pecho se abombó cuando inhalé profundamente el aire rancio alrededor mío, espeso con la peste de los animales y el sudor. Continué llenándome con lo que parecía un chorro infinito de aire- tanto como mis pulmones permitían. Mil pares de ojos estaban fijos en mí, esperando mi siguiente movimiento a partes iguales con anticipación y con ansiedad. Seguí inhalando, la presión aumentando en el interior de mi calavera, la tensión en el interior de mi pecho haciéndose insostenible. Cuando los borrosos círculos de la falta de oxígeno aparecieron en los márgenes de mi visión, levanté la antorcha frente a mí, y escupí fuego sobre la multitud.

También había aprendido a respirar fuego como una habilidad para resolver conflictos de los mejores.

Gritos de miedo surgieron de animales y hombres a la vez. Los leones se tiraron contra los barrotes de las jaulas mientras las llamas subían por el soporte central hasta la lona que nos cubría. Lo único que podía hacer era intentar no reír cuando los payasos empezaron a correr.

Mi esfuerzo fracasó cuando vi que uno de ellos era un enano.

El hombre forzudo sacudió la cabeza, intentando despejarse tras el golpe con el que lo había knockeado. No voy a decir que yo sea un gran luchador; me había apalizado totalmente antes de que lo golpease. Sentía cada centímetro de carne expuesta hinchada con el dolor sordo de los moratones que empezaban a surgir, y estaba bastante seguro de que había perdido uno de mis caninos en su nudillo. Pero eventualmente paró. Eventualmente me dejó por muerto, pensando que el charco de carne sanguinolienta debajo de su bota no podía guardar ningún parecido con ningún ser vivo. Y entonces aproveché mi oportunidad.

Pero ahora estaba aquí de nuevo, volviendo a la conciencia, y aquí estaba yo intentando tragar suficiente oxígeno para prender el queroseno de mi boca antes de que pudiese alcanzarme. Caminó con pasos largos, furiosos y resueltos hacia mí, y justo antes de que su veloz gancho conectase, tiré el mechero al aire entre nosotros.

Su puñetazo golpeó, y el contenido de mi boca explotó hacia afuera. El repentino trauma causó que mi percepción del tiempo frenase temporalmente: vi las primeras gotas conectar con la llama del mechero; la minúscula, casi imperceptible, explosión pronto se replicó docenas de veces; cientos; miles de veces. Mientras el fuego nos envolvía a los dos, abracé al aturdido forzudo y acerqué mis labios a su oreja.

“Por Dio,” susurré.


“Dio” es la cuarta palabra más oida antes de morir. Las otras tres son: “OH mierda, es.”

***

Café. Mi boca sabía a café y a un poco de tarta de queso, probablemente porque estaba llena de café y un poco de tarta de queso.

El constante runrún de mis compañeros de trabajo tecleando era de alguna manera amplificado y aumentaba el vacío al rebotar en los muros de mi cubículo. La mitad de mi mano estaba dormida, dividida justo por la mitad: el meñique y el anular totalmente dormidos. Es algo sobre la manera en que sujeto el ratón, creo. Pensé sobre ello y cerré el Firefox. Tragué mi café; fue la cosa más difícil que he tenido que hacer en mi vida.

“Mierda,” murmuré en estado de shock.

“¿Qué pasa tío? ¿Todo bien?” Stanley, mi compañero del cubículo de al lado asomó su cabeza por encima del muro como el vecino de ‘La Hora de la Herramienta’. Odio cuando hace eso. Intentar mantener una conversación con alguien que te observa desde arriba mientras sigues sentado en tu silla es como poco incómodo. Tu postura sentada, que era tan natural hace unos segundos pasa a ser rápidamente estúpida e inapropiada.

“Dio acaba de morir,” recité, como si sólo hubiese memorizado las palabras fonéticamente y no tuviese ni idea de su significado.

“¿Qué? ¿Quién?”

Me levanté bruscamente, la parte trasera de mis piernas estirándose tan rápidamente que mandaron la silla rodando a través del corredor entre filas de cubículos.

“¡Ey! ¿Qué pasa tío?” Preguntó Stanley mientras daba la vuelta a la barrera para ponerse frente a mí. “OH mierda. Conozco esa mirada. Esa es la mirada de ‘Voy a volverme supernaturalmente loco y comenzar una serie de animaladas que irán incrementándose hasta acabar accidentalmente en tragedia’. ¿Tengo razón?”

“No, Stanley,” Le informé, ajustando las mangas de mi camisa y poniendo recta mi corbata, “Lo que va a pasar ahora es deliberado. En unos momentos, voy a coger el ascensor a la planta baja, luego saldré del edificio. Me dirigiré dos bloques hacia el este a la Plaza Promenade, donde me desnudaré y asaltaré la tienda de donuts. Si la policía llega, los atacaré con mis dientes. Escaparé a pié, y llegaré a la feria cerca de la fábrica de papel. Una vez allí quemaré el circo hasta sus cimientos. Después robaré el coche más rápido que pueda encontrar, y voy a estrellar ese coche a una velocidad increíble contra el árbol más viejo que pueda encontrar. Después mantendré sexo telefónico con la operadora de onStar desde el lugar del accidente.”

¿Aceptaría el hombre cuyo álbum tiene esta portada un tributo menor?


El color abandonó la cara de Stanley.

“¿Pero por qué?” Preguntó simplemente.

“Porque Dio me enseñó en parte, qué es ser un hombre. Oh, no me enseñó las lecciones racionales. No me enseñó moralidad, o responsabilidad, o moderación. No Stanley, me enseñó que ser un hombre a veces significa destruir las cosas de la manera más extravagante posible. Porque puedes, y porque es épico. Y Dio murió hoy, entonces voy a destrozar cosas. Voy a destruir todo, Stanley. Por Dio.”

Tomé otro bocado de tarta de queso; iba a necesitar las calorías.

“Pero primero Stanley, voy a mantener sexo oral con la recepcionista, tu prometida, encima de la máquina de fotocopias. Pondré la máquina a funcionar para hacer 666 copias, y si no se ha corrido cuando la máquina termine la tiraré por la ventana. No te preocupes tío, te enviaré una fotocopia.”

“¿Po… por qué?”

“¿Por qué? ¿Quieres saber el porqué? ¿En serio quieres saberlo? Porque no sabías su nombre Stanley. NO sabías su puto nombre. Pero lo recordarás. Era Ronnie James, recuerdalo. El jodido Ronnie James Dio. Pero no pasa nada, te prometo que esta vez n lo olvidarás.”

Terminé el resto de mi café y con cuidado lo aparté a un lado.

“Bueno, me voy. Tengo que ir a complacer a tu mujer y a cometer unos cuantos crímenes. Oh, ¿Stanley?” me giré palmeándole el hombre amistosamente, “Ride the tiger, tío. Ride the tiger.”

Gracias Cracked por este bonito epitafio.

Anuncios